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Revista digital publicada por la Asociación Española de Numismáticos Profesionales

Moneda española Edad Moderna


La moneda castellana acuñada durante el reinado de Fernando VI

foto La moneda castellana acuñada durante el reinado de Fernando VI



Durante el reinado de Fernando VI (1746-1759) se continuó acuñando moneda con los valores y los tipos de su padre, Felipe V. La buena acogida de los durillos, según Gil Farrés, evitó la acuñación de reales de a ocho, potenciando este monarca a esta especie monetaria mediante la abundante emisión de estos medios escudos. En Madrid y en Sevilla se emitieron reales sencillos y dobles con escudo grande y cuartelado, y medios reales con igual reverso y en el anverso escudo cuartelado.


Desde 1747 en Madrid y el año siguiente en Sevilla, la leyenda utilizada en el reverso de las onzas fue NOMINA MAGNA SEQVOR, seguimos al más grande. La Pragmática de 28 de febrero de 1747 estableció la labra de moneda menuda de cobre, de un maravedí, en el Real Ingenio de Segovia, usando los tipos ya utilizados en las emisiones de 1741, debido a la gran escasez que había de numerario de pequeño formato.
Las piezas debían contener en su anverso un escudo contra cuartelado de castillos y leones con cuartel de lises en su centro, y a sus lados la marca de ceca y el numeral romano I, y leyenda FERDINAND VI D G HISP REX. En su reverso debía aparecer un león rampante con corona sobre la esfera terrestre, y la leyenda VTRIVMQUE VIRTUTE PROTEGO, protejo ambos con la virtud, y el año de acuñación. Se da la anomalía de que existen monedas con fecha de emisión 1746, siendo la orden para su labra del diciembre de 1747.  
En su época se intentó llevar a buen término lo prevenido en la reforma de 1728, esfuerzo unificador que pretendía desmonetizar las monedas sin cordoncillo y las piezas macuquinas. Dicho fin no pudo lograrse, dado que los volantes no fueron capaces de acuñar nuevas monedas ajustadas a las nuevas normas suficientes para garantizar las necesidades de numerario para la circulación.
Por Real Decreto de 2 de diciembre de 1747 se ordenó que todas las monedas esféricas que se labrasen en las cecas metropolitanas y de las Indias debían necesariamente llevar en su canto un cordoncillo o laurel, para evitar su limadura o cercén, y que fuesen admitidas en el comercio. En fecha 19 de diciembre de 1747 se dictó una Pragmática prohibiendo la circulación de las monedas esféricas que tuviesen faltas en el cordoncillo o circunferencia por cercén. Estas monedas deberían llevarse a las Casas de Moneda, y se satisfaría a sus poseedores el importe de las mismas como pasta. Las monedas batidas a partir de 1728 y todas las que se labrasen con posterioridad con cordoncillo al canto debían ser admitidas en el comercio sin ser pesadas y por su valor íntegro.
En las Ordenanzas para el gobierno de la labor de monedas que se fabricaren en la Real Casa de Moneda de México y demás de las Indias de 1º de agosto de 1750, se fijó el ratio bimetálico entre el oro y la plata en España en la proporción 15,06 a 1, y en las Indias en 16 a 1, lo que supuso un importante beneficio en el cambio del oro por la plata. Ello llevó a que, durante veinte años, las llegadas de metal áureo a la Península fueran anormalmente bajas, a pesar de los continuos requerimientos para que todo el oro recogido en las Cajas Reales fuese remitido a España. A juicio de Hamilton, esta medida fue la única equivocación importante en términos monetarios de este reinado, y supuso que la mayor parte del oro en circulación en las Indias fuese absorbido por los pagos de los créditos públicos y los de los salarios de los oficiales.
En 1752 los comerciantes de Cádiz se quejaron al monarca, afirmando que la falta de numerario de vellón para los cambios suponía un serio problema para el buen fin de sus negocios, y el Tesoro Real suministró rápidamente el numerario en la cantidad adecuada. El 20 de mayo de 1752 se ordenó retirar la moneda circulante antigua acuñada en las Indias, batida a martillo antes de 1728, cercenada e incluso falsificada, a costa de la Corona.
El intento uniformador se muestra asimismo en el proyecto de cierre de todas las Casas de Moneda peninsulares, incluyendo Sevilla y Segovia, centrando la acuñación en la ceca capitalina. Ignacio de Luzán, Superintendente de la Casa de Moneda de Madrid y miembro de la Junta de Comercio y Moneda, elaboró un informe planteando esta posibilidad.
Para Luzán, el cierre de la ceca sevillana vendría justificado por motivos de rentabilidad, y en los defectos del numerario acuñado en la misma, que redundaban en el descrédito de la moneda allí batida. Asimismo, de su informe se desprende que quería que la ceca madrileña tuviese el control y la dirección de las labores en las Casas de Moneda indianas, y que asimismo que los oficiales que fuesen destinados a ellas fuesen formados en la capital. Asimismo, en Madrid se habrían de fabricar los útiles e instrumentos necesarios para las labores, y se probarían también los inventos.
Tenemos una postrera referencia numismática de este monarca en su sepulcro, situado en el convento de las Salesas Reales de Madrid, construido por iniciativa de su esposa María Bárbara de Braganza en 1747, monumental edificio barroco en cuya construcción se invirtieron ochenta y tres millones de reales. Un dicho popular de la época, todavía en uso, se refería al enorme gasto que supuso:

Bárbara reina,
Bárbaro gusto,
Bárbara obra,
Bárbaro gasto.


El sepulcro fue diseñado por Sabatini y del conjunto escultórico se ocupó Francisco Gutiérrez. En el mismo hay dos esculturas flanqueando el catafalco, la Justicia y la Abundancia. Esta última lleva en su mano el cuerno de la abundancia, en donde son visibles y fácilmente reconocibles algunas de las más valoradas monedas españolas y portuguesas de la época, que han quedado inmortalizadas en mármol.
Entre ellas, son reconocibles reversos de pesos columnarios de las cecas indianas, reversos de reales dobles batidos en Madrid en 1757, bustos del mismo monarca de las onzas acuñadas en México en 1757, el anverso de un real de a dos de la ceca de México, con marca M, el busto de su hermano y sucesor, Carlos III, que terminó la obra, y de una emisión de una onza de Lima de 1761, y reversos de monedas portuguesas, de Juan V o José I, de 400 reis o novos escudos.

Virginia Tovar recoge la curiosa historia de la Casa del Duende, donde en el reinado de Fernando VI se descubrió la existencia de monederos falsos que acuñaban doblillas de oro de Brasil, y que inventaron una historia de enanos con poderes sobrenaturales que hicieron huir a sus sucesivos inquilinos.  

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Pedro Damián Cano Borrego


 

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