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Revista digital publicada por la Asociación Española de Numismáticos Profesionales

Moneda hispánica


El primer tesoro hispánico

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En 1618 en las cercanías de Torres (Jaén) se produjo el hallazgo de un vaso de plata conteniendo 683 monedas romanas e ibéricas. Este tesoro, conocido como de Castulo, de Cazlona o de Torres, es el primer hallazgo de moneda antigua hispánica del que se tiene noticia, gracias al informe que, en su momento, escribió un erudito andaluz, el Marqués del Aula. Desde entonces, aunque las piezas que lo formaban se han perdido en el curso de los siglos, su información ha podido ser utilizada en todas las obras que tratan de fijar la cronología de nuestras primeras monedas.


A comienzos del siglo XVII, la numismática clásica era una disciplina cultivada por reyes y nobles, que se miraban en el espejo de los gobernantes del mundo greco-romano; en las monedas encontraban la plasmación tanto de sus virtudes como de su imagen real y la iconografía de su poder. En España, Antonio Agustín ya había escrito su Diálogo de Medallas (1587) y Felipe II había depositado en la biblioteca de El Escorial el monetario real que se había ido enriqueciendo desde Alfonso V de Aragón.

 Corría el año de 1618 cuando en Tierra de Torres, en las cercanías de las ruinas de Cazlona, donde se localiza la antigua ciudad de Castulo, se produce el hallazgo de un vaso de plata repleto de monedas. El recipiente, junto con 683 de las monedas halladas, llega a las manos del marqués del Aula, quien redacta un informe para el erudito sevillano Rodrigo Caro, a quien puede considerarse el iniciador de los estudios de epigrafía y arqueología en España. De este “Discurso”, como él lo llama, se han conservado distintas copias en instituciones como la Biblioteca Nacional o la Real Academia de la Historia, que han sido utilizadas por los estudiosos de la numismática hispánica a lo largo de estos cuatro siglos -A. Delgado, J. Zobel, Th. Mommsenn, M. Gómez-Moreno, F. Chaves, etc. etc.- y gracias a las cuales podemos identificar hoy en día muchas de las monedas que formaban el tesoro.

 El marqués del Aula sin duda estaba muy familiarizado con la moneda romana, y así nos dice de las monedas que “todas del peso del denario romano, las mas con la senial del dicho denario, X, excepto un victoriato que es la mitad del peso, estas monedas unas eran de distintos reversos, otras eran quadrigatos diversos, otras eran bigatos, otras tienen dos hombres armados que corren parejas a cavallo, con lanças, seguidos y estrellas sobre los morriones, que dizen representan a Castor y Pólux”. Siguiendo esta división en cuadrigatos, bigatos, denarios con los Dióscuros como reverso o con reversos variados, el discurso nos proporciona un listado de leyendas de las emisiones romanas, que ha permitido en la actualidad catalogar los tipos representados.
Pero la parte más asombrosa del tesoro para aquel tiempo fue la constatación de que junto con las monedas romanas aparecían otras piezas, también con el peso del denario, que no eran latinas y que no sabían leer, pero que ya la sabiduría de Antonio Agustín había considerado “españolas antiguas”, interpretación en la que le sigue el marqués del Aula.
Sus descripciones nos resultan curiosas, pero nos bastan para identificar monedas que ahora nos son sobradamente conocidas, valga como muestra la de un denario de la ceca de Ikalesken, “Una cabeza, por la otra parte un Hombre que corre a Cavallo y lleva una rodela en la mano isquierda y a la derecha otro Cavallo sin cavallero, ni carro que tiren”.

 A la luz de los conocimientos actuales, nos es muy fácil reconocer en las leyendas dibujadas monedas de las cecas de Arekorata, Bolskan, Arsaos, Barskunes, Konterbia Karbika, Ikalesken e Iltirta, pero entonces la lectura de los signos ibéricos y celtibéricos no estaba sino dando sus primeros pasos. Antonio Agustín había tratado sobre moneda hispánica en los libros VI y VII de su obra, aunque muy brevemente, casi sólo para mencionar que no sabe lo que son, si bien intenta descifrar algunas leyendas a partir de monedas bilingües, algo que nuestro marqués del Aula considera “no fundado, sino lo dize como cosa de adivinación”.
 


 

El vaso de plata que contenía las monedas era un cuenco hemiesférico, rematado por una pequeña moldura lisa, con una inscripción en ibérico. Su peso, según la descripción, era de 10 onzas, y cabían veinticuatro de agua. Este tipo de recipiente es muy habitual en los tesoros recuperados en la zona sur peninsular en una fecha que venimos situando entre los siglos II-I a.C.

La importancia historiográfica de este hallazgo es evidente, porque es el primero en el que ha quedado documentada la aparición de un tesoro con moneda hispánicas; además posee el valor añadido de que en él quedó constatado que esa moneda, que ya hace cuatro siglos comenzaba a atribuirse a los pueblos españoles primitivos, circulaba al mismo tiempo que el denario romano. Fue además el primero de una serie de hallazgos localizados en la mitad sur peninsular que presentan una composición muy similar: gran cantidad de denarios romanos, algunas piezas celtibéricas o ibéricas, elementos de vajilla -normalmente cuencos semiesféricos, como el que hemos visto-, y piezas de joyería. Forman un grupo de atesoramientos, algunos tan conocidos como Torre de Juan Abad, Mengíbar, Mogón, Chiclana de Segura, Santisteban del Puerto, etc. etc., cuya fecha de ocultación, proporcionada por la moneda romana, nos lleva al tránsito entre los siglos II y I d.C., pero aún no hemos encontrado una explicación convincente para determinar qué motivó esta cantidad de ocultaciones monetales en un periodo tan corto de tiempo.

 Las monedas del tesoro, de las que sólo sabemos que el marqués quiso reservarse una de cada clase para su monetario, se han perdido, y sólo se conoce el paradero del cuenco de plata, que actualmente se conserva en el Museo del Louvre. Sin embargo, gracias al buen hacer de un coleccionista de la época, se ha salvado para la historia una gran parte de la información que podía proporcionar.

Isabel Rodríguez Casanova

Autor/a: Isabel Rodríguez Casanova

 

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